El domingo de Shepard

La Normandía preparaba orgullosamente sus defensas mientras el implacable Soberano avanzaba hacia ella como un tiburón en alta mar. Aunque el orgullo de la Alianza apenas parecía una hormiga al lado de la gigantesca nave segadora, la idea de una muerte inminente ni se le pasó por la cabeza a Shepard, que ordenó embestir al gigante de metal con todo lo que tenían. Lejos de sucumbir ante la evidente superioridad del Soberano, la Normandía le empujó con tal fuerza que su adversario salió despedido por los aires y cayó rodando por el suelo.

Maldiciendo, Shepard se agachó para recoger la maqueta del Soberano y la examinó cuidadosamente bajo la luz de su escritorio. Aunque no había daños aparentes, una de las piezas más delicadas parecía haberse soltado un poco. El comandante abrió un cajón y la reforzó cuidadosamente con un poco de pegamento de contacto. Esperó un rato, soplando un poco para que el pegamento se secara antes, y volvió a depositar las maquetas en su vitrina. Shepard dejó escapar un bostezo y se puso la ropa de deporte, dispuesto a dar un paseo por la nave.

Era uno de esos domingos. Técnicamente una vez superada la órbita de la Tierra ya no existían los días de 24 horas ni las semanas de siete días, sin embargo las naves de la Alianza tenían la costumbre de mantener el calendario terrestre a bordo. Ayudaba a organizar mejor el tiempo y permitía crear un ambiente más familiar entre los miembros de la tripulación. Entre los humanos, al menos. Aunque los fines de semana tampoco existían como tales, a Shepard le gustaba rebajar un poco el ritmo de trabajo para mantener la moral alta, siempre que fuera posible. Esto, dicho sea de paso, no ocurría muy a menudo, sin embargo ese día era un domingo con todas las letras: pesado, somnoliento y aburrido como pocos.

Shepard llevaba particularmente mal esos días. Y es que, cuando un hombre que se ha acostumbrado a vivir al límite se queda en su camarote a contar las estrellas, las horas pueden pasar realmente despacio para él. No es que el comandante fuera un adicto al peligro, era un hombre corriente y como tal a veces necesitaba tomarse un respiro y relajarse, es que sencillamente le costaba encontrar algo con lo que llenar el tiempo.

Durante una misión todo el mundo estaba a sus órdenes y cada compañero era como el engranaje de un mecanismo perfecto funcionando a pleno rendimiento. En los días libres el panorama era muy distinto. Cada miembro de la tripulación se refugiaba en partidas de cartas, videojuegos o comunicaciones a distancia con la familia. Shepard no tenía familia cercana y había estado de servicio desde hace tanto tiempo que ni siquiera recordaba tener algún hobby o afición más allá de leer un buen libro o escuchar viejos discos de Johnny Cash o Elvis Presley. Estos días se sentía desplazado, deprimido y muy solo, una cara que no le gustaba mostrar a sus chicos.

Shepard tomó el ascensor y bajó hasta la sala de máquinas. Aunque Tali no estaba en su lugar habitual no le costó encontrarla. Estaba hablando con alguien y solo tuvo que seguir el sonido de su voz hasta el antiguo rincón de Jack, donde la quariana se había acomodado sobre unas mantas. Al principio se sorprendió de ver que no había ningún interlocutor junto a ella pero cuando levantó la mirada de su omniherramienta y ejecutó la orden vocal "apagar micrófono" comprendió que probablemente estaba jugando a uno de esos juegos online con chat de voz.

- Hola, Shepard. ¡No te lo vas a creer! Estoy jugando a Orbital Strike 4 y mi equipo está a punto de quitarle el primer puesto de la clasificación a los Fauces Trilladoras. ¡No les ha ganado nadie en tres años! Ahora es un mal momento, pero si quieres luego...

- Eso es genial Tali, no te preocupes - le interrumpió él -, no quiero hacerte perder la concentración. ¡Mucha suerte!

Decepcionado, Shepard subió las escaleras hasta la sala principal de ingeniería. Desde ahí podía escuchar cómo la quariana había reactivado su micrófono y no dejaba de lanzar al viento exclamaciones como "Go Flotilla Go!" entre risas, además de otras bromas privadas que él no alcanzó a comprender.

Por el camino fingió hacer algunos estiramientos junto al mapa estelar, que iluminaba a Shepard con un fulgor anaranjado. Mordin, decidió, Mordin debe de estar en su laboratorio. El comandante entró en las dependencias del científico con paso decidido y, como esperaba, allí estaba el salariano, con la cabeza enterrada entre probetas y compuestos químicos burbujeantes.

- ¡Shepard! Trabajo, trabajo. Esto no termina. ¿Has reconsiderado mi sugerencia de contratar un ayudante? Si es así tengo algunas recomendaciones. También necesito algo de material, estos cultivos de bacterias... El material no apropiado puede arruinar días de trabajo.

- Mordin, deberías tomarte un respiro. Es domingo, ¿sabes?

- ¿Domingo? Eso explica el silencio. Mejor, necesito silencio para trabajar. Estas condiciones... Todo cuesta más tiempo con las condiciones no apropiadas y con instrumental poco especializado. Shepard, hago lo que puedo, pero no esperes milagros.

- Nadie te pide un milagro Mordin.

Tras un silencio incómodo de varios minutos, Shepard se despidió cordialmente y abandonó el laboratorio, dejando al científico salariano con lo que demonios estuviera haciendo. Su siguiente parada fue el camarote de Garrus. El turiano se encontraba tumbado en su litera, estudiando unos documentos que Shepard no alcanzó a ver.

- Buenos días, Garrus, me preguntaba si me podías echar una mano con unos problemas con el cañón Thanix, creo que está haciendo unos ruidos raros.

- Ese pequeño bastardo. Dame un minuto, Shepard, nos vemos allí.

La actitud de Garrus extrañó al comandante. ¿Que serían esos documentos? Le dio la sensación de que el turiano necesitaba un poco de intimidad, ¿sería algo personal? Shepard conocía bien a Garrus, así que descartó preguntarle directamente sobre el tema. El turiano solía proteger celosamente su intimidad y rara vez estaba dispuesto a hablar de cosas personales si el tema no surgía por iniciativa propia.

Los viejos camaradas no tardaron en encontrarse junto al panel de mantenimiento del cañón Thanix, una de las últimas mejoras instaladas en la Normandía. En realidad no le pasaba absolutamente nada al cañón, pero Shepard creía que era una excusa tan buena como cualquier otra para pasar un rato juntos.

- Déjame que revise el registro - el turiano abrió el panel y comenzó a realizar consultas-. La presión está bien, las válvulas están operativas, el núcleo está perfecto...

- A lo mejor le hace falta una buena calibración, ¿eh? Y por lo demás, ¿qué tal todo?

- ¿Calibrar un cañón Thanix? Debes de estar de broma.

- Sí, lo cierto es que era una broma... Bueno, ya sabes, es que pasaba por aquí y me pareció escuchar un chasquido ahí dentro y bueno...

Garrus se quedó mirando a Shepard durante un rato y exhaló un profundo suspiro.

- Maldita sea, Shepard, si lo que quieres es un poco de cháchara me podías haber invitado a un trago, pero hacerme perder el tiempo de esta manera... ¡Bah! Humanos... No hay quién os entienda. Esto es pueril, Shepard.

Avergonzado, el comandante se quedó mirando al suelo mientras Garrus volvía irritado a su camarote. Shepard empleó el resto de la mañana en pasear por la nave sin ningún destino concreto, absorto en sus pensamientos.

Zaeed ya había terminado allí y Kasumi se encontraba pasando una "noche a tope" en Omega, sea lo que sea eso. Por un momento consideró la posibilidad de hacerle una visita a Jacob pero rápidamente lo descartó. No confiaba demasiado en él y además le caía mal. No estaba tan desesperado.

Abatido, Shepard se encaminó de vuelta hacia su dormitorio con idea de recuperar alguna vieja holopelícula de John Ford. Nada más entrar se fijó extrañado en un bulto bajo las sábanas de su cama. El comandante se acercó con sigilo y levantó las sábanas de un tirón, descubriendo a Tali acurrucada. Estaba vestida con su traje ambiental, pero se había quitado algunas prendas para estar más cómoda.

- Siento lo de antes, Shepard. Yo siempre debería tener tiempo para ti - se disculpó con voz entrecortada. Parecía realmente apenada.

Sin mediar palabra, Shepard se dejó caer a su lado y la abrazó fuertemente. Ella le respondió con un suave ronroneo. El olor del compuesto inmunológico de hierbas que le recetó Mordin la delató. Mañana podrían estar muertos pero hoy estaban más vivos que nunca y se pertenecían el uno al otro. Ni Shepard ni nadie en todo el universo podría aspirar a más.

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