There's no Shepard without Vakarian

Dibujo: 'Garrus and Andromeda - Palaven Nights', por Efleck

La consciencia iba y venía. Todo a su alrededor tenía un profundo olor a quemado, tanto plástico, como metal, como carne. Le penetraba en el olfato, como inundándolo, y le provocaba arcadas. O le habría provocado arcadas si todavía pudiese sentir algo más que dolor. No conseguía llenar los pulmones y, aunque tenía los ojos abiertos, no podía ver nada más que una pequeña luz. Parecía muy distante y muy pequeña.

Intentó mover un brazo, sin éxito. Había sobrevivido a la explosión. Después a la reentrada en la atmósfera. Al menos puedo morir en la Tierra. Intentó mover el otro brazo y sintió que se movía, aunque lentamente y con un dolor inmenso. Apenas podía sentir sus extremidades. En realidad, apenas podía sentir ninguna parte de su cuerpo. Estaba dolorida, entumecida y casi muerta. Cerró los ojos e intentó llenarse los pulmones de aire. De aire viciado, con aroma a carne quemada, sangre y muerte. Pero aire. Su mente se le escapó y la consciencia volvió a abandonarla.

There's no Shepard without Vakarian.

Las pesadillas volvieron a hacer que se despertase. El niño, la niebla, los árboles. Estaba tumbada en su cama, en el camarote de la Normandía. Un recuerdo. El brazo de Garrus le rodeaba la cintura desde atrás, abrazándola contra sí. Respiraba profundamente a su espalda. Garrus. Pudo ver como su yo del pasado apartaba la mano del turiano y se levantaba, caminando hacia el baño. Se miró al espejo y se vio y no se vio a si misma a un tiempo. Recordaba el miedo. Recordaba la incertidumbre. Recordaba la absoluta decisión de acabar con los segadores. Lo hice.

Las manos le temblaban en aquel momento. Podía recordar también el tacto del lavamanos de la Normandía. Escuchaba el ronroneo de sus motores. Aquella noche, frente aquel espejo, sintió por primera vez que, si conseguía derrotar a lo segadores, no volvería con vida. Estaba decidida a dar su vida por la causa, pero el nudo del estómago no se deshacía por mucho que razonaba la situación. En el fondo, quería vivir. Quería encontrar la vida que nunca había tenido con todos sus amigos y camaradas, especialmente con él. Con Garrus. Una vida sencilla, agradable, en algún lugar donde nadie le pidiera que salvara la galaxia.

Sin embargo, sabía que todo eso era absurdo. Jane Shepard había nacido para pelear y moriría luchando. Desde pequeña, siempre había sido una destructora, no una constructora. No había espacio para una mujer con las manos manchadas de sangre en los tiempos de paz. Aún así, quiero vivir.

Salió del baño y se acercó al escritorio. Giró la silla y se sentó para observar a Garrus durmiendo. Parecía tan tranquilo... ¿cómo sería su vida tras la guerra? Se lo imaginaba en Palaven, siendo padre de una pequeña familia, con una turiana agradable, en una pequeña casa. Un retiro perfecto. Pero un retiro sin ella. Esa imagen todavía me oprime el pecho. Él merecía esa familia y ella sobraba en la ecuación. Lo sabía, pero le dolía demasiado pensar en ello, en perderlo. En perderlo a él, en perder a su tripulación, en perder la Normandía. Quizá debería haber muerto en Akuze, pero no lo hice. Y hay que pagar un precio por la vida. Lo estoy pagando. Quiero vivir.

La guerra estaba haciendo mella en su determinación y en su resistencia. Demasiada muerte, demasiado dolor. Es difícil aceptar el sacrificio de los que quieres y ella estaba dispuesta a obligar a Garrus a hacerlo. Egoísta... pero necesario. Sabía que no volvería. Voy a volver, Garrus, sigo viva y voy a volver.

Se levantó y caminó hacia la cama, al tiempo que el turiano se removía suavemente y despertaba. Vio como se incorporaba. Parecía preocupado. Esa noche no dejó de abrazarme ni un instante. “¿Estás bien? ¿otra pesadilla?”. En aquel momento Jane le había tocado el rostro con cariño, mirándole fijamente a los ojos. Recorrió con el dedo índice sus cicatrices y recordó la incómoda sensación de haberlo perdido que sintió tras el ataque que sufrieron en Omega. Fue al primera vez que se dio cuenta de lo que sentía realmente por Arcángel. Inconscientemente, le besó.

There's no Shepard without Vakarian.

Regresó al campo de batalla. Debía estar enterrada bajo muchos escombros, los de la Ciudadela destruida. Si había sobrevivido a la reentrada había sido precisamente gracias a los escombros que ahora no le permitían respirar, ni salir en busca de ayuda. Abrió la boca e intentó gritar para que la encontrasen, pero no podía hablar. Tengo que salir de aquí. Como no podía tomar apenas aire, tampoco podía emitir algún sonido. Sólo una respiración profunda y angustiosa, como la de un animal moribundo.

Escuchó un ruido en la distancia e intentó guardar silencio. Tampoco es que estuviese haciendo algún sonido, pero contuvo la poca respiración que le quedaba durante unos instantes. ¿Amigos o enemigos? Era una voz masculina, dando órdenes a pleno pulmón. Buscaban supervivientes, o eso parecía. Estoy aquí. Levanto el brazo derecho, apretando los dientes y tomando todo el aire que podía. Estoy aquí. Apoyó la mano, sin los dedos meñique y anular, sobre una superficie que aún estaba caliente tras arder. Intentó empujar. El dolor le golpeó el hombro con violencia. Estoy... aquí.

There's no Shepard without Vakarian.

Todas las noches invitaba a Garrus a subir a su camarote. Disfrutaba de su compañía. Muchas veces ni siquiera dormían juntos, sólo se sentaban en la cama, con un par de vasos de vino asari, y se contaban anécdotas de guerra. Otras veces, hablaban de su infancia. Garrus disfrutaba hablando de Palaven, pero sus recuerdos se volvían más sombríos cuando hablaba de su padre y de cómo le había influido para que entrase en Seg-C. Cuando Jane hablaba de su infancia, él le pasaba el brazo por los hombros y la atraía hacia sí, ofreciéndole consuelo.

Recuerdo esta noche. Las recuerdo todas. Aquella misma tarde, un anciano agradecido le había regalado un pad de datos con viejas canciones de la tierra. Las había de muchas épocas, desde música clásica del siglo XVII hasta canciones populares de los siglos XX y XXI. Cualquier amante de la música hubiese estado más que agradecido. Escuché esas canciones durante semanas. Jane nunca había escuchado nada anterior al siglo XXII, más allá de algunas obras de música clásica que le gustaban a Anderson.

Esa noche, conectó el pad al sistema de sonido del camarote. La primera pista en sonar fue “Nocturno” de Chopin. Si sigo aquí, en mis recuerdos, no sobreviviré. Jane se tumbó sobre la cama, con las manos tras la nuca, mirando a la gran ventana que tenía por techo. Las estrellas estaban hermosas, como siempre. Se dejó mecer por la maestría del pianista y el ronroneo de la Normandía. Hasta tal punto que no escuchó la puerta del camarote abriéndose y los pasos de un turiano que se acercaba, sonriente.

Sintió el peso de la primera rodilla de Garrus apoyándose en la cama, pero no desvió la vista de las estrellas hasta que el rostro de éste estuvo justo frente al suyo, mirándola fijamente a los ojos. “Las humanas nunca me volvieron loco, pero tú haces que pierda la cordura”. Bajó mordisqueándole suavemente el cuello y Jane se removió, juguetona, intentando olvidar las pérdidas, la muerte y la guerra. Solo él podía conseguir que lo hiciera. Déjame volver contigo. No me sueltes.

There's no Shepard without Vakarian.

No fue difícil descubrir que no tenía la fuerza suficiente como para abrirse paso. Decidió que intentaría hacer que la viesen de otro modo y, con un dolor atroz, rozó con las puntas de los dedos la grieta por la que entraba la luz. Ayuda. Empujó con fuerza y sintió como los tres dedos que le quedaban se rompían con violencia. No me dejéis morir aquí. Intentó mover la muñeca, en vano. Después intentó estirarse hacia arriba, buscando que se viese más la mano. Tampoco consiguió moverse casi un palmo. Tenía las costillas rotas, probablemente un pulmón, o ambos, perforado y su corazón apenas susurraba.

Tomó todo el aire que sus dañados pulmones pudieron soportar y abrió la boca en un intento por gritar. Ahora tengo algo por lo que vivir. Quiero vivir. No consiguió alzar la voz. Tenía la garganta desgarrada y el sonido fue un golpe de aire atroz, gutural y apagado, como el de alguien que está en sus últimos estertores. Escuchó sonidos más allá de los escombros, pero le faltó el aire.

There's no Shepard without Vakarian.

Aquella noche Shepard no se sentía ella misma. Todos los sentimientos que se había ido guardando con la pérdida de aquellos que le habían ido importando se le habían bloqueado en el pecho, destrozándola por dentro. Abandonó el puesto de mando en absoluto silencio y subió a su camarote recordando a todos los caídos. Cuando entró en su cuarto, encendió el hilo musical y se sentó al borde de la cama.

Sonaba “American Pie” de Don McLean con una potencia desconocida para aquel camarote hasta entonces. Toda la Normandía pudo escuchar aquella canción aquella noche. Toda la tripulación dejó de hacer lo que estaba haciendo para limitarse a escuchar. Nadie dijo una sola palabra y todos rezaron a sus dioses por los caídos, en su fuero interno. Los que no tenían dioses recordaron el pasado con cierta melancolía. Cuando la canción acabó, todos regresaron a sus tareas, un poco menos alegres pero con una cierta sensación de paz consigo mismos.

There's no Shepard without Vakarian.

“¿Habéis oído eso?”. La voz parecía estar un poco más cerca. “¡Mayor! ¡Creo que eso es una mano!”. Otra voz. Más joven. Menos curtida, pero experimentada. La guerra convierte a los niños en hombres y a los hombres en bestias. Recuerdo a Yeats. El poema que Anderson me recitó nuestro primer día juntos en la Normandía: Nor dread nor hope attend, A dying animal; A man awaits his end, Dreading and hoping all; Many times he died, many times rose again. A great man in his pride, Confronting murderous men, Casts derision upon, Supersession of breath; He knows death to the bone – Man has created death.

“¡Soldados, levantad esos escombros! ¡Traed al Meca!”. Ese poema fue un credo para mi durante mucho tiempo. “¡Aguanta soldado, te sacaremos de ahí!” Pero ahora no estoy dispuesta a aceptar la muerte, aunque me alcance, aunque yo la haya creado. Dejaré que llegue sólo cuando haya vivido. Hizo un esfuerzo sobrehumano por elevarse un poco más y demostrar que seguía viva. Los sonidos a su alrededor iban en crescendo. Pero también el dolor.

There's no Shepard without Vakarian.

Mientras todos regresaban a sus tareas, tras su particular modo de recordar a los caídos, Garrus Vakarian tomó el ascensor de la Normandía. Abrió la puerta del camarote de la capitana de la nave y la vio, sentada al borde de la cama, con el rostro entre las manos y los codos sobre las rodillas. No se escuchaba el llanto. No recuerdo la última vez que he llorado. Puede que esté llorando ahora mismo. No lo sé.

Se acercó, sigiloso. “Hotel California” comenzó a sonar de fondo, a un volumen más moderado. El turiano se agachó frente a su comandante y tomó sus muñecas para descubrirle el rostro. Jane le miró directamente a los ojos. Hay algo en tus ojos azules que me consuela. Él se puso en pie y tiró de ella, colocando sus manos en torno a su cuello. Después agarró la cintura de la mujer y la pegó a sí mismo. Ella, instintivamente, ocultó el rostro en su pecho y se dejó llevar por la ronroneante melodía de los Eagles.

“No te culpes por sus muertes”. “No lo hago”. “Sé que lo haces, pero ese sentimiento de responsabilidad y honor es algo que me gusta de ti”. Casi sin que él se diese cuenta, ella le fue llevando hacia la cama y le hizo tropezar con el borde para dejarle caer sobre el colchón con suavidad. Después, se deslizó sobre el cuerpo de su amante y se sentó a horcajadas sobre su cintura. Quiero volver a sentirte así de cerca. Mientras “Stairway to Heaven” comenzaba a sonar de fondo, Jane se inclinó hacia delante y le besó en los labios, suplicándole un consuelo que nadie más podía darle.

Recuerdo como me ardía el pecho aquella noche. Fue lento. Fue sincero. Sus manos eran duras, ásperas, pero pacientes. Se tomaba su tiempo con cada caricia. Las primeras veces ella dudaba sobre si él sentiría algo al tocarle. Sí que lo sentía. Con tanta intensidad como ella. Especialmente cuando se tocaban las cicatrices. Cuando se las lamían el uno al otro para que sanasen. La sensación de tu contacto me obliga a seguir viva. Vuelvo contigo. Aunque sólo pueda decirte de nuevo adiós.

Cerró los ojos, tomó aire y se dejó llevar. Las sensaciones se desbordan cuando se alcanza la plenitud. Aunque sea sólo un instante. Como los segundos antes de una batalla que esperas con ansiedad. Antes de morir, estás más vivo que nunca. Cuando haces el amor, estás tan cerca de la muerte que puedes rozar el cielo. Por eso te sientes tan vivo. El ritmo de su contacto incrementó con el de la canción. Se buscaban el uno al otro, hambrientos de comprensión y cegados por el placer. No había nada más. No existían los segadores. No existía la Normandía. No importaba que el hilo musical se hubiese atascado en la misma canción.

There's no Shepard without Vakarian.

Nos pasamos el resto de la noche haciendo el amor y no volvimos a hacerlo hasta la noche antes de la batalla final. Quiero regresar a tus brazos. Los escombros iban dejando paso a una luz roja, cegadora, propia del fuego. Los segadores habían sido destruidos, pero Londres seguía en llamas. Cuatro hombres la agarraron y la sacaron del pozo donde había quedado enterrada. “¡Que alguien traiga una camilla para ella! ¡Hay que llevarla a un hospital de campaña urgentemente!”. Se forzaba a respirar, pero apenas sentía los pulmones. “Aguanta, soldado. Saldrás de esta”.

“Creo que es la comandante Shepard, señor”. Respira, Jane, respira. Sobrevive. “Puede ser, soldado. Aunque es difícil asegurarlo”. Jane se removió suavemente, pero una mano se apoyó sobre su hombro y la obligó a parar. Sabía que le quedaba poco. Sentía que se le escapaba la vida, minuto a minuto, segundo a segundo. No permitáis que muera aquí. No dejéis que muera sin él.

There's no Shepard without Vakarian.

La mente se le llenó de recuerdos distintos. Recordaba a Garrus hablándole sobre tener hijos, aunque fuesen adoptados. Recordaba el beso que le había dado en aquel momento. Profundo, sensual, exigente. Pero también lleno de miedo, angustias e incertidumbre. No sabían si iban a sobrevivir y poco les importó que les viesen los soldados. “Reúnete conmigo en el bar”. “Si llego a ese bar y tú no estás ahí, miraré hacia abajo. Nunca estarás solo, Garrus. Nunca”. “No hay Shepard sin Vakarian”.

Esa última frase no dejaba de resonar en su cabeza. Si sobrevivo y no está ahí, no habrá merecido la pena. “Yo te... amo, Jane Shepard”. Estoy dispuesta a vivir por la tripulación de mi nave. Por la Normandía. Y sobre todo por ti, Garrus. Esperadme. Voy a sobrevivir.

There's no Shepard without Vakarian.

Una luz blanca la cegó nada más abrir los ojos. No parecía un hospital de campaña, sino un hospital al uso. El techo era blanco impoluto y las luces tenían demasiada potencia. Como en todos los hospitales. Bajó la mirada y lo vio. Sabía que me esperarías. Garrus dormía, apoyado sobre la cama, con una mano entrelazada con la de ella. Jane acarició esa mano, como si no hubiese deseado hacer ninguna otra cosa más en la vida. Él despertó, sobresaltado.

“Pensé que te había perdido, Jane. Pensé que tendría que vivir solo, sin ti en toda la galaxia. Cuando me llamaron intenté llegar lo antes posible, te lo aseguro.” Tenía ambas manos envolviendo la de ella y, entre cada frase, se la besaba. “Siento que haya pasado año y medio. La Normandía tuvo un aterrizaje de emergencia y con la destrucción de los segadores se perdieron muchas vías de comunicación”. Llevo inconsciente un año y medio. Llevo muerta un año y medio. “Debería llamar a la enfermera...”

- Antes de que llegaras, estaba muerta. No hay Shepard sin Vakarian.

Se detuvo, mirando fijamente los ojos de la mujer. Se levantó, en silencio, y se acercó a sus labios para besarla. Lo hizo suavemente, por miedo a hacerle daño. Había pasado demasiado tiempo sin aquellos labios. Sin aquella ternura.

- Antes de llegar, yo también estaba muerto. No hay Shepard sin Vakarian, pero tampoco hay Vakarian sin Shepard.

There's no Shepard without Vakarian. Neither is Vakarian without Shepard.

 

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