La importancia de una vida

Fan art de Robin

Un pitido en la consola me devolvió a la realidad. Por un momento no supe dónde me encontraba, hasta que unos segundos después comprendí que me había quedado dormida comprobando los datos que Mordin me había proporcionado sobre la genofagia. Me froté los ojos un momento y me estiré en la silla antes de atender la llamada, la imagen de la doctora Chakwas apareció en la pequeña pantalla.

— Comandante, lamento molestarla tan tarde.

— No se preocupe, doctora, no estaba durmiendo.

Enseguida caí en que a la doctora era imposible engañarla de esa manera, pero ella parecía más preocupada por otra cosa y no pareció darse cuenta.

— Me gustaría reunirme con usted en la enfermería si no hay inconveniente.

Me extrañó mucho la propuesta de la mujer. La doctora Chakwas era una persona completamente entregada a su trabajo y no me sorprendió que a aquellas horas continuara en su puesto, pero debía haber encontrado algo verdaderamente importante si se había molestado en llamarme.

— Enseguida bajo.

La cubierta 3 de la Normandía estaba desierta. Sabía que, aparte de los pocos soldados de guardia, era posible que encontrara a Garrus despierto calibrando la batería del cañón de proa o a Liara inmersa en alguno de los informes que le mandaban sus espías continuamente, pero me dirigí directamente a la enfermería para no hacer esperar a la doctora.

En cuanto las puertas se abrieron la mujer salió a mi encuentro. En su expediente ponía que tenía cincuenta y cuatro años, aunque desbordaba tanta energía y pasión por su trabajo que, si no fuera porque su cabello era completamente blanco, nadie acertaría con su edad. Aunque no habíamos pasado demasiado tiempo juntas en la Normandía, las circunstancias nos habían hecho grandes amigas, y podía decir con orgullo que había pocas personas en las que confiara más que en ella. Se la notaba algo cansada, seguramente llevaba muchas horas trabajando sin pausa, y aún así su energía parecía mayor que la mía.

— Acabo de obtener los resultados finales de tus análisis.

Normalmente ella no me tuteaba, pero cuando se trataba de algo tan personal como aquello solía adoptar una actitud más de amiga que de subordinada.

— ¿Algo va mal?

Karin se sentó frente a su mesa, donde un montón de trastos desordenados tapaban casi completamente la superficie. La doctora rebuscó entre ellos un momento hasta dar con el que buscaba y apartó los demás a un lado sin muchos miramientos.

— ¿Recuerdas lo que te dije sobre los nanobots de tu organismo?

Que no respondiera a mi pregunta directamente me pareció una mala señal.

— Dijiste que habían conseguido reparar mi organismo casi completamente y que acabarían por hacer desaparecer las cicatrices — respondí colocándome a su lado.

— Exacto — volvió a levantarse para acercarse más a mí y me mostró el pad que había cogido —. Parece que han llegado más lejos de lo que sospechábamos.

La tableta mostró un montón de datos inteligibles para mí. Karin lo sabía, pero por algún motivo aún se resistía a explicarme lo que ocurría.

— ¿Y eso qué significa? Parece una buena noticia.

La doctora levantó las cejas en un gesto que no supe descifrar.

— Podría serlo, pero no estoy segura de que sea un buen momento.

Me crucé de brazos y la miré fijamente.

— ¿Vas a decirme de una vez qué es lo que pasa?

Se acercó a mí y comenzó a examinar mis cicatrices faciales, sospechaba que no quería mirarme a los ojos mientras me lo contaba.

— Habrás notado que últimamente te cuesta más concentrarte, que te agotas más fácilmente.

Sí, estaba más cansada últimamente, pero supuse que era normal después de los días tan ajetreados que habíamos tenido. Todo el mundo acusaba el cansancio, aunque nadie se quejaba por ello, así era mi tripulación. Asentí al comentario de Karin.

— ¿Has notado alguna molestia? ¿Náuseas o vómitos? ¿Vas al baño más que de costumbre?

Agarré las manos que se empeñaban en examinarme la cara y miré fijamente a la doctora Chakwas.

— Karin, dime de una vez qué pasa.

La doctora dejó escapar un suspiro.

— Los nanobots han reparado tu sistema reproductor. Parece que los programadores lo dejaron para el final porque no era necesario para mantenerte activa.

Vale, no era tan grave. Kaidan y yo tendríamos que tomar más precauciones a partir de ahora pero sospechaba que a él le alegraría la noticia. A no ser que...

— Jade, estás embarazada.

Me quedé mirándola fijamente un rato sin poder pensar en nada más. ¿Estaba embarazada? ¿La Comandante Shepard embarazada? Nosotros éramos la última esperanza de la humanidad contra el ataque de los Segadores, y yo, la líder del equipo, necesitaba estar en plena forma, no podía permitirme tener un hijo en aquel momento.

Sacudí la cabeza para evitar pensar mucho y tomé una decisión rápida.

— Pues provócame el aborto.

La frialdad con la que me salieron las palabras nos impresionaron a las dos.

— ¿Porqué no te lo piensas un poco? Es pronto, puedes tomarte algo más de tiempo para tomar una decisión, háblalo con Kaidan...

— ¡Kaidan no puede saberlo! — agarré con fuerza a la doctora por los brazos — ¡Karin, prométemelo! ¡Promete que no le dirás ni una palabra de esto!

Ella se soltó con la misma brusquedad con la que yo la había agarrado y me miró con enfado.

— Claro que no voy a decírselo, deberías hacerlo tú — sacudí la cabeza para replicar, pero ella me interrumpió antes de que pudiera decir nada —. Escúchame, Jade, por favor. No es tan malo como piensas, aún puedes hacer muchas cosas, seguir dirigiendo el equipo...

— ¿Podré formar parte del equipo de desembarco? — pregunté con cinismo.

Sabía lo que ella me respondería y quería demostrarle que se equivocaba, que mantener el embarazo en un momento así era una irresponsabilidad. Ella negó con la cabeza, sabiendo que me daba la razón, y bajó la mirada.

— No podrás participar en las misiones, pero puedes dirigir al equipo desde aquí.

Tenía la impresión de que su afán ciego por defender la vida humana no le permitía ver la gravedad de la situación. La obligué a sentarse en su silla y cogí otra para sentarme frente a ella.

— Escucha, Karin. Nos jugamos algo más que la vida de un niño nonato — después de oír cómo sonaba me pareció mejor no volver a pronunciar la palabra "niño" —. Todo este sector está amenazado y no puedo quedarme en la Normandía y ver cómo todos los demás luchan por sobrevivir.

Me cogió de la mano con actitud suplicante.

— Jade, sé que darías tu vida por cada uno de tus hombres, y lo mismo harían ellos por ti, no te reprocharían que te mantuvieras al margen por tu bien. Creo que si les dijeras lo que ocurre muchos te apoyarían para seguir adelante. Y estoy segura de que Kaidan sería uno de ellos.

— Sé lo que él me diría, por eso no puedo contárselo. Ni a él ni a nadie, precisamente porque sé que arriesgarían su vida para mantenerme a salvo, y no quiero ponerles en esa situación. ¿Cómo puedo pedirles que arriesguen sus vidas si yo no estoy dispuesta a hacerlo?

La doctora Chakwas se levantó sin decir nada más. Sabía que no la había convencido, pero por algún motivo no insistió más.

— Si te provocara el aborto estarías unos días sin poder moverte de la enfermería.

— Pero los nanobots acelerarían la recuperación.

— ¿Y qué le vas a decir a Kaidan?

— Ya pensaremos algo.

Karin volvió a regalarme otra de aquellas miradas. Él había servido mucho más tiempo con ella que yo, y gracias a los implantes defectuosos del mayor Alenko se conocían perfectamente el uno al otro. Cuando los conocí me dio la sensación de que existía entre ellos una relación casi de madre e hijo.

El rato que permaneció en silencio era más de lo que yo necesitaba para salir de la situación.

— Me voy a la cama, mañana hablaremos del tema con más calma. Deberías acostarte también, doctora, Mordin nos quiere despiertos a primera hora.

— Sí, comandante.

Me pareció que lo decía con algo de ironía, pero no me volví para comprobarlo. Salí de la enfermería antes de que ninguna de las dos pudiera decir nada más y caminé por la cubierta vacía hasta el ascensor. El camarote que Kaidan compartía con otros siete oficiales me pillaba de camino.

Todo el mundo a bordo de la Normandía conocía nuestra relación, pero Kaidan y yo nos esforzábamos por ser dos miembros más del equipo, como contemplaban las normas de la Alianza. No pasaba más tiempo con él que con los demás y ni siquiera nos veíamos a solas si no estábamos de permiso. Yo sabía que si nos saltáramos las reglas durmiendo juntos en mi camarote a nadie de la tripulación le importaría, pero la rectitud de Kaidan mantenía la situación como debía ser. Aquel era uno de esos momentos en los que tenía que contenerme para no pedirle que fuera a dormir conmigo, sabía que él se negaría a no ser que le dijera la verdad.

Pasé de largo y subí a mi camarote. Me quité el uniforme y me metí en la cama. La reunión de Mordin estaba convocada para dentro de unas cuatro horas, y aunque estaba agotaba sospechaba que no podría dormir bien esa noche.

 

Todo el equipo se había reunido en el laboratorio de Mordin a primera hora de la mañana. Viéndonos a todos juntos en la misma habitación era consciente de que formábamos el equipo más extraño de toda la historia de la Ciudadela. La Normandía era una nave humana, pero contábamos con algunos de los miembros más valiosos de otras especies alienígenas.

Ahí estaba Garrus Vakarian, uno de los mejores guerreros de la raza con la que la Alianza había firmado una tregua hacía pocos años. Todavía había muchos prejuicios contra los turianos entre los humanos, pero si algún miembro de nuestra tripulación había mostrado alguna vez desconfianza hacia él, Garrus había sabido ganarse su respeto con creces. No era la única a la que había salvado la vida más de una vez, y gracias a eso se había convertido en mi mano derecha.

Liara, una asari de piel azul, destacaba tanto entre nosotros como una flor en el desierto. Elegante, delicada y hermosa, nos había demostrado que era mucho más que una cara bonita. Las criaturas de su especie eran tan sensuales que había pocas discotecas que no contaran con una bailarina asari entre sus empleados, pero Liara T'Soni nunca había aprovechado ese don que tenían las de su raza. Más bien al contrario, cuando la conocimos era una rata de biblioteca, una arqueóloga que había dedicado su vida a la extinta raza de los proteanos, y que se había obligado a pasar a la acción cuando se cruzó en el camino de el Corredor Sombrío. Cuando volví a encontrarme con ella tras una ausencia de dos años, había ocupado el puesto del agente de información más famoso y temido de la galaxia.

Contábamos también con una quariana entre nosotros. Tali'Zorah vas Normandía era un genio de la ingeniería. Todos los quarianos tenían un don especial para la maquinaria, su supervivencia se basaba en eso ya que eran una civilización nómada que sobrevivía en inmensas naves del tamaño de ciudades enteras, pero Tali era sobresaliente incluso entre ellos. La forma de vida de los quarianos les había privado con el tiempo de un sistema inmunológico resistente, todos ellos tenían un traje de aislamiento que incluía máscara con filtro ultravioleta, por lo que lo único que podíamos ver de ella eran sus brillantes y pequeños ojos chispeantes.

El profesor Mordin Solus era un salariano, una especie parecida a los anfibios de la tierra. Los salarianos eran conocidos por su inteligencia y por su eficiente lógica, rara vez se dejaban llevar por los sentimientos, para ellos eran una debilidad, y por eso habían sido la raza perfecta para crear el virus de la genofagia, que impedía que los krogan, una de las mayores amenazas de la galaxia según el Consejo de la Ciudadela, se reprodujeran con normalidad. Mordin había sido el director del equipo que se había encargado de desarrollar el virus, y ahora que se enfrentaba a los últimos años de su vida, había comprendido que debía deshacer el trabajo de toda su carrera.

El pequeño Grunt era el más joven de todos nosotros y a la vez el más grande físicamente. Era un raro espécimen de la raza krogan, y aunque nunca había vivido en Tuchanka ni formado parte de ninguno de sus clanes, se enorgullecía de compartir la cultura de sus iguales que tan profundamente le había inculcado el doctor Okeer. Grunt había sido su experimento para crear en un tanque al krogan genéticamente perfecto, afortunadamente mi equipo y yo logramos liberarle antes de que Okeer se lo entregara a Cerberus. Cuando conseguimos que el pequeño krogan lo entendiera decidió unirse a nuestra lucha, puesto que ahora era un guerrero sin cruzada propia.

Javik era sin duda el que más desentonaba en la reunión. Pertenecía a la extinta raza de los proteanos, pero gracias a Liara, que encontró su cámara de criogenización y lo revivió, había podido comprobar cómo se mantenía la civilización 50.000 años después de que el último de sus congéneres hubiera muerto. El proteano y la científica pasaban juntos casi todo el tiempo que tenían disponible, ella intentaba aprender todo lo que pudiera sobre la antigua civilización que tanto la había fascinado de joven, y a cambio enseñaba al despiadado guerrero a reconciliarse con la vida y las costumbres de nuestra época, que él no acababa de comprender y a las que tachaba de estúpidas siempre que podía. Sabíamos que su mal humor estaba causado por la culpabilidad de haberse mantenido con vida cuando el resto de su civilización perecía a manos de los Segadores, y por eso todos intentábamos ignorar sus salidas de tono.

SID, la IA que había creado Cerberus y que se había revelado para servir con nosotros en la Alianza, parecía más a gusto allí que el proteano. El Sistema de Inteligencia Defensivo que le daba nombre permanecía integrado en la Normandía, pero cuando nos hicimos con el cuerpo robótico de la doctora Eva Coré, SID experimentó con él para poder acompañarnos en las misiones terrestres. Ninguno supimos lo que estaba haciendo hasta que se presentó ante nosotros de esta manera, ni siquiera Joker, el piloto con el que podía decirse que mantenía una relación de profunda amistad, aunque todos sabíamos que ahora que SID tenía un cuerpo femenino, el joven soldado la veía con otros ojos. Ninguno de nosotros nos opusimos a esta nueva apariencia excepto Kaidan, que había estado a punto de morir a manos de la doctora Coré y aún le costaba hacerse a la idea de que su cuerpo formara parte de nuestro equipo.

James Vega era uno de los mejores soldados humanos que había tenido el privilegio de conocer. Había pasado una mala racha después de que la unidad que comandaba cayera en una emboscada y sólo pudiera salvarse él. Yo sabía muy bien cómo se sentía, pues había pasado por lo mismo en Akuze, y aunque los dos sabíamos que aquellas situaciones no habían sido culpa nuestra no podíamos dejar de culparnos por sobrevivir cuando nuestros compañeros no lo habían hecho. También por esto, los dos teníamos una percepción única de cómo podía sentirse Javik entre nosotros. Por suerte, Vega se había repuesto en cuanto tuvo una misión en la que enfocar sus esfuerzos, y sabía que su lealtad y competencia eran indiscutibles.

El último en llegar a nuestro grupo había sido Kaidan. El mayor Alenko y yo habíamos pasado por muchas cosas juntos desde que nos conocimos hacía ya tres años en la primera Normandía, donde él era un teniente novato y yo una comandante que se reenganchaba al servicio activo después de que mi padre y mi prometido murieran en Akuze. Él dice que se enamoró de mí nada más verme, y aunque no tardó en convertirse en un valioso amigo, me costó ceder a sus encantos después de haber perdido a mi pareja hacía poco. Desde entonces habíamos pasado por muchas cosas juntos, entre ellas nuestro encuentro en Horizonte: para él yo llevaba dos años muerta, y aunque seguía sintiendo por mí lo mismo que antes, no me perdonó que en esa ocasión trabajara para Cerberus, por lo que nuestra reconciliación había surgido hacía sólo unos meses.

La doctora Chakwas también estaba presente en la reunión. Se notaba que había dormido tan mal como yo, pero no quise preguntarle al respecto para no volver a tener la discusión con la que nos habíamos despedido la noche anterior, así que me concentré en observar a Mordin. Los salarianos eran una especie hiperactiva, pero el científico que nos acompañaba era exagerado incluso para ellos. Hablaba muy rápidamente, con frases cortas que en ocasiones sólo entendía él mismo, pero era un genio y ninguno de los que le conocíamos podíamos negarlo. Se volvió hacia nosotros con una rapidez asombrosa y empezó a hablar.

— Resultados prometedores — dijo sin dejar de teclear en su omniherramienta —. Se puede sintetizar una inmunidad universal para los krogan.

Grunt gruñó complacido en su asiento pero no dijo nada. El científico llevaba trabajando varios días sin descanso en la cura para la genofagia, y parecía que por fin, y gracias a la hembra krogan que habíamos rescatado de Cerberus y que levábamos a bordo, lo había conseguido.

— ¿La cura está lista? — pregunté.

— No. Aún necesitamos el vector de transmisión. La cura es inútil si no se da a toda la especie.

— Fueron infectados con una enfermedad bastante sencilla — comentó al doctora Chakwas —, ¿tan diferente es la cura?

Mordin levantó por fin la cabeza de sus cálculos, pero no miró a nadie en concreto al hablar.

— No — respondió apoyando la barbilla en una de sus manos —. Se ha mantenido la similitud en lo posible. La manera de desarrollar la cura rápido. ¿Agua subterránea? No, demasiado lento. Inoculación voluntaria, arriesgada. Población demasiado diseminada para hacerlo por aire... a menos que... Espera...¡Sí!

Las cavilaciones del profesor podían ahorrarnos horas de charla, y aunque a todos los demás nos hubiera gustado más participar en aquel tema, comprendíamos la utilidad de que Mordin tomara sus propias decisiones.

— El Velo — dijo por fin —. Dispersión global constante de partículas aéreas. Construido por salarianos para reparar atmósfera de Tuchanka.

Caminó con paso rápido hasta la consola más cercana y comenzó a trabajar de nuevo mientras el resto de asistentes sólo podíamos observarle.

— También lo usaron los turianos.

Todos miramos a Garrus, como comandante de las fuerzas turianas estaría enterado de aquello.

— Lo usamos en secreto para propagar la genofagia — comentó en voz baja —. Era necesario acabar con la rebelión krogan.

— Yo vigilaría a quién le dices eso — escupió Grunt mirando atentamente al turiano.

Habíamos convencido a Grunt de que Garrus era tan amigo como Mordin, pero aún seguía teniendo ganas de matarlos a ambos cuando se sacaba el tema de la genofagia.

— A veces comprendo por qué los krogan quieren disparar a todos en cuanto los ven.

El susurro de Vega iba dirigido a Tali, que se sentaba junto a él, pero todos los que nos encontrábamos alrededor de la mesa pudimos escucharle. Estaba de acuerdo con él, pero tuve que echarle una mirada reprobatoria para que Grunt no se hiciera ilusiones.

— Eran momentos desesperados — siguió Garrus intentando excusarse.

Él tampoco estaba de acuerdo con las medidas extremas que se había preparado en aquella época, pero era un crío por entonces, y a todos los turianos los criaban para que la lealtad a su raza fuera lo más importante para ellos.

— Sí, sí — Mordin atajó la conversación para seguir con sus argumentos sin darse cuenta de que quizás había evitado una discusión mayor —. Pero es muy útil ahora, la cepa original de la genofagia aún está en el Velo. ¡Se puede sustituir por la cura y cubrir toda Tuchanka!

— Pequeño pyjak astuto — Mordin conocía el idioma krogan, pero no se dejaba perturbar por algo tan pueril como los insultos de Grunt —. Es nuestra mejor oportunidad, y está ahí mismo.

— Pues termina tus preparativos y disponte a partir, Mordin — le dije.

— Por supuesto. Listo cuando quieras. Mientras, estaré en la cubierta médica con Eva.

Así llamaba él a la hembra krogan a la que habíamos rescatado. Entre los suyos, era una chamán respetada, y como tal, olvidaban su nombre como símbolo para dedicarse a la raza krogan antes que a ellas mismas. Para simplificar, Mordin la llamaba como la primera hembra humana de la mitología religiosa, puesto que la Normandía era una nave humana.

— Una cosa más, profesor Solus.

La doctora Chakwas se puso en pie evitando que el salariano saliera de la sala.

— ¿Alguna de estas sustancias pueden afectar al resto de miembros del equipo?

— No — respondió él rápidamente —. La cura y el virus son específicos para los krogan, el sistema inmunológico de otras especies los anulan sin más.

— ¿Y si el sistema inmunológico de alguno de los nuestros no estuviera 100% operativo? Digamos que porque estuviera enfermo...

El resto de asistentes a la reunión la miraban extrañados sin saber a dónde quería llegar, pero yo sabía muy bien lo que intentaba, y más valía que pusiera fin a aquello cuanto antes.

— Ya basta, doctora — la interrumpí bruscamente levantándome también —. Todos estamos perfectamente capacitados para esta misión.

— Te dije que te daría tiempo, pero no voy a quedarme de brazos cruzados mientras te pones en peligro.

Nuestros amigos y compañeros nos miraban sin comprender lo que estaba pasando. Yo no quería seguir hablando para no darle excusas a Karin para que hablara más de la cuenta, pero me di cuenta de que era demasiado tarde cuando Kaidan se levantó de su asiento y me miró.

— ¿Hay algo que no nos has contado? ¿Estás enferma?

Sabía que se sentía molesto. Era mi segundo de a bordo además de mi pareja, y tenía que comentar con él cualquier situación fuera de lo normal.

— Sí, comandante — insistió la doctora con malicia —. ¿Porqué no le cuentas al mayor lo que está pasando?

Su pregunta no me dejaba muchas opciones, pero no quería tener esa charla con Kaidan delante de todos los miembros de la tripulación.

— Retiraos, más tarde elegiremos al equipo de tierra.

Mordin y Karin salieron los primeros, pero el resto tardó en reaccionar. Como amigos míos se sentían obligados a ofrecerme su apoyo si algo iba mal y estaban tardando en levantarse de sus asientos y salir de la sala, así que opté por irme yo antes de que alguno dijera algo que me hiciera reaccionar indebidamente.

Kaidan corrió detrás de mí y me agarró del brazo para detenerme antes de que pudiera salir del pasillo.

— Dime qué es lo que ocurre — exigió.

La sala de reuniones tenía una cristalera que daba justo a ese pasillo, así que podía ver cómo el resto de mis compañeros nos seguían con la mirada en lugar de irse de allí como yo les había ordenado. Sin duda se habían quedado preocupados y querían saber qué pasaba.

— Hablaremos después, Kaidan.

Quise marcharme de allí, pero él volvió a sujetarme.

— Hablaremos ahora. Dime qué es lo que pasa y porqué he tenido que enterarme por la doctora Chakwas.

Me dolía verle así. Karin tenía razón en que él debía saber lo que pasaba, y ahora que le miraba directamente no tenía fuerzas para ocultárselo. Noté cómo se me empezaban a llenar los ojos de lágrimas y maldije a mis hormonas, nunca había llorado delante de mis subordinados y no quería empezar ahora. Me pareció advertir que Kaidan se sorprendía tanto como yo de verme así, pero no cedió.

— ¿Estás enferma? ¿Es eso? No es necesario que formes parte del equipo de tierra, ya lo sabes, yo puedo encargarme. Sólo dime si es algo que debería preocuparme.

Tenía un nudo en la garganta, así que ni podía ni sabía cómo decirle lo que pasaba. Miré a mi alrededor, la habitación más cercana era un baño masculino, así que cogí a Kaidan del brazo y nos metimos dentro. El ingeniero jefe Adams estaba allí lavándose las manos, y se quedó tan sorprendido al vernos entrar que se disculpó y salió todo lo rápido que pudo. En cuanto se fue, Kaidan me abrazó.

— Por favor, dime que no es grave. No soportaría volver a perderte.

— No es grave — sollocé.

Me avergoncé de lo patética que sonaba mi voz en aquel estado, así que fui hacia el lavabo y me eché agua en la cara.

— ¿Entonces qué pasa?

— Es algo temporal — dije cuando me encontré con más fuerzas —. Quiero ponerle fin cuanto antes, pero la doctora Chakwas se niega, y estoy empezando a creer que tiene razón.

Él se acercó y me obligó a mirarle.

— No entiendo. ¿Karin no quiere curarte?

— No estoy enferma, Kaidan. Estoy embarazada.

Allí estaba el hombre más fuerte que yo había conocido, que se había enfrentado con Segadores, Recolectores y con Cerberus, sin saber qué hacer ante una noticia como esa.

— Creí que eso no era posible — respondió cuando fue capaz de recuperarse.

— Y yo, pero la doctora ha descubierto que los nanobots que me implantó Cerberus son capaces de repararme totalmente.

— Uf — dijo apoyándose en una de las paredes y llevándose las manos a la cabeza —. Pues es... genial, ¿no? Quiero decir que yo siempre he querido tener hijos, y no me imagino otra persona con la que tuviera más ganas que contigo.

— Kaidan, estamos en medio de una guerra. No puedo apartarme a estas alturas como si no fuera conmigo.

— ¿Y qué vas a hacer? ¿Matar a nuestro hijo?

Dicho así sonaba mucho más duro de lo que me había parecido unos minutos antes.

— ¡En un par de meses dejaré de ser un soldado útil! Incluso ahora hay cosas que ya no puedo hacer.

Sí, ese punto de vista era mejor, pero no convencí a Kaidan. Él me cogió la cara con sus manos.

— Estamos intentando salvar a la raza humana de un destino como el que sufrieron los proteanos, y tú quieres matar a un niño que aún no ha nacido.

Me enfadé. Dicho así parecía que me pusiera a la altura de los Segadores. Le empujé con fuerza contra la pared en la que había estado apoyado un momento antes.

— ¡No es el momento, Kaidan! Podemos tener hijos más adelante y el aborto es legal en los planetas de la Alianza. Te sugiero que lo consideres un mero trámite médico y que lo olvides.

Parecía que ya había tomado una decisión subconscientemente, pero me aterraban las consecuencias que tuviera. Podía perder a Kaidan para siempre.

Creí que lo mejor que podía hacer en ese momento era dejar la conversación en ese punto y retomarla más tarde, cuando los dos nos hubiéramos hecho a la idea de lo que significaba tener un hijo en aquellas circunstancias, así que me dirigí hacia la puerta.

— No tienes derecho a tomar la decisión tú sola — dijo Kaidan antes de que tuviera oportunidad de abandonar la habitación —. Ese niño es tan mío como tuyo, y no voy a dejar que te deshagas de él.

Sonreí con tristeza sin que él pudiera verme. Su perseverancia para hacer siempre lo correcto era una de las cosas que me habían enamorado de él. No le respondí y fui directa a mi camarote.

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