Por los pelos

Shepard no estaba dispuesto a desviarse de la ruta prevista y mucho menos a volver a usar el Mako, después de que ese trasto del demonio casi le dejara vendido durante la misión en Illos. Sin embargo, ni siquiera Shepard era tan cabezota como para no dar su brazo a torcer cuando los análisis de SID revelaron un planeta inexplorado con grandes depósitos de elemento cero, un recurso demasiado valioso para ser ignorado.

Por supuesto, nunca nada es tan fácil. Las características orográficas del planeta hacían imposible el uso de sondas de extracción y para colmo Joker tampoco podía garantizar un aterrizaje sin incidentes, así que tocaba organizar una exploración a bordo del Mako para localizar los puntos calientes. A pecho descubierto, como en los viejos tiempos.

La silueta del planeta era descorazonadora. No había montañas ni vegetación, todo el horizonte era un inmenso páramo con largas columnas de roca en forma de punta, como estacas salidas del suelo para atravesar a los incautos. Aquella visión le devolvió a Eden Prime, el lugar donde comenzó todo. El recuerdo de aquellos colonos empalados convirtiéndose en cascarones aún le seguía despertando por las noches. Los mercenarios, terroristas y criminales son una cosa, pero aquella aberración... Es difícil enfrentarse al hecho de que esas cosas una vez fueron humanos con familia. Shepard se centró en el trabajo. Necesitaba huir de los fantasmas del pasado.

Mordin y Garrus le acompañaban, con aire ausente. "A ellos tampoco les gusta este sitio", pensó el comandante. Había escogido al profesor para poner a prueba unos contenedores que había diseñado para almacenar cantidades moderadas de elemento cero sin exponerse a sus efectos nocivos. Y Garrus... bueno, siempre era buena idea llevar a Garrus. Cuando Shepard tenía al turiano cerca sentía que su espalda estaba cubierta.

La jornada transcurrió lenta y pesada, pero pronto dio sus frutos. Todavía no era la hora de cenar y ya casi habían cargado en el Mako tanto elemento cero como podían llevarse. Ya se disponían a regresar al transporte con el último contenedor cuando un sonido gutural, acompañado por un temblor de tierra, les puso en guardia. ¿Era un rugido? ¿Un movimiento sísmico?

- Garrus, tienes que dejar la gaseosa - bromeó Shepard. Nadie siguió el chiste.

Se repitió el sonido más cerca, despejando definitivamente cualquier duda sobre su origen. El temblor de tierra se hizo más insistente y pronto una silueta descomunal comenzó a dibujarse en el horizonte. Garrus empuñó su rifle X-92A Mantis y usó la mira telescópica para examinar con mayor detalle la figura que, no cabía duda, se dirigía hacia ellos a toda velocidad.

- Shepard, prepárate. Esa cosa viene para acá. Joder, no sé lo que es, pero es enorme, nos va a destrozar.

No transcurrió ni un minuto cuando la criatura ya era completamente visible. Era un ser bípedo, de unos 5 metros de altura, y corría a toda velocidad, el muy bastardo. Shepard no supo decir si era un reptil o un mamífero. Tenía escamas que reflejaban la luz como el traje de lentejuelas de una bailarina asari, pero también tenía algunos pelos puntiagudos repartidos por todo su cuerpo, ¿o eran espinas? No tenía brazos, en su lugar le salían varias filas de tentáculos del tronco. Su cabeza, coronada por una grotesca cornamenta, estaba abierta de par en par, dejando al descubierto unos dientes totalmente desproporcionados, capaces de perforar sus armaduras como si fueran de papel.

En cuanto la bestia se les puso a tiro, Shepard, Garrus y Mordin comenzaron a disparar furiosas ráfagas, sin conseguir frenar su avance ni un ápice. Era como ver llegar la muerte a 200 kilómetros por hora. El sabor amargo del miedo les inundó la boca.

- Shepard, no le hacemos ni cosquillas, debemos volver ya al Mako. Es nuestra última salida - imploró Mordin.

- Imposible, ese bicho va más rápido que esa tartana, nunca podríamos escapar.

- No, Shepard, no me has entendido. No quiero escapar. Tengo una idea.

El comandante dirigió a Garrus una mirada interrogatoria. Él asintió. No tenían elección, su única oportunidad era confiar en el salariano y jugárselo todo a una carta. El equipo abandonó el último contenedor de elemento cero y se lanzó en una desesperada carrera hacia el Mako, a unos 100 metros del lugar. No había tiempo para preguntas, sólo para correr.

Con el coloso pisándoles los talones, los tres compañeros consiguieron llegar hasta el vehículo. Sin aliento para dar explicaciones, Mordin se inclinó sobre el cajón de suministros y extrajo un cañón experimental en el que había estado trabajando. Fatigado, se lo tendió a Shepard. En la carcasa ponía "M-920 Cain", junto a un símbolo de peligro por radiación.

- Rápido... Shepard... Este juguete puede desencadenar una pequeña explosión nuclear. Espera a que esté a unos 100 metros y dispara... Tendrás que mantener el gatillo presionado unos 4 segundos... No he podido calcular con exactitud el diámetro de la onda expansiva, así que recomiendo que os tiréis al suelo.

Shepard cogió la imponente pieza, que pesaba como un demonio, y apuntó hacia la criatura, que graznaba enloquecidamente, impaciente por probar la carne de los intrusos que habían irrumpido en sus dominios. Cuando el comandante calculó que estaba a la distancia requerida apretó el gatillo y sintió cómo el arma se iba calentando a la vez que un zumbido in crescendo le daba vida al disparo inminente.

Un infierno atravesó el cañón con un furioso estallido mientras Mordin y Garrus se lanzaban al suelo. Shepard, que tardó algo más en reaccionar, notó cómo se le arrugaba el escroto mientras un escalofrío le subía desde las ingles hasta el vientre. Consiguió reaccionar a tiempo de milagro, y rodó junto a sus compañeros mientras un hongo radiactivo se elevaba sobre el descampado, bañando la escena con la luz y la cólera de una estrella naciente. En el centro de aquella locura, en medio de un gran cráter, el gigante se desplomó sobre con el pellejo destrozado, derramando sobre las rocas sus vísceras ennegrecidas por la explosión.

- Joder, eso es potencia de fuego - apuntó Garrus entre carcajadas.

Todavía conmocionados por la explosión, los tres compañeros se alzaron y se sacudieron el polvo. El salariano se quedó mirando fijamente a Shepard durante un momento y dejó escapar una indescifrable exclamación en su idioma natal. Garrus, por su lado, volvió a caerse en redondo y comenzó a dar palmadas sobre el suelo, en medio de una atronadora carcajada. Tal era su risa que sus piernas no tenían fuerza ni para sostenerle.

Con el M-920 Cain todavía en brazos, Shepard contempló su imagen reflejada en una de las piezas del cañón, tan limpia que su reluciente cromado era como un espejo. Soltando una maldición que habría hecho sonrojarse a un batariano borracho, Shepard comprobó que, junto a la vida de su enemigo, la explosión nuclear se había llevado también sus cejas y gran parte de su flequillo, dejándole como un pollo a medio desplumar.

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